Vivimos en un mundo lleno de crisis. Ya sea causados por el terrorismo, la guerra o los desastres naturales, estos incidentes de catástrofes humanas generan una masiva incertidumbre, inseguridad y miedo. Incluso quienes no están directamente afectados por la violencia experimentan una mayor angustia
y estrés.
También están los factores de la intolerancia religiosa y racial: todos conducen a una atmósfera de desconfianza, desgarrando la mismísima estructura de nuestras sociedades. La mirada del público se concentra en la inmigración con la sospecha de que los extranjeros pueden importar problemas sociales. Los medios de difusión diariamente pintan una imagen política de corrupción y cinismo. Todo se combina para crear una situación social peligrosa.
Otro factor que destruye la confianza del hombre en sus semejantes es la criminalidad. Ya sea el crimen organizado o los actos al azar de furiosas pandillas de jóvenes, nuestros tribunales y nuestra policía hacen todo lo que pueden para separar a los criminales de la población e impedir que hagan daño y mutilen; pero, ¿cómo hacemos que la gente se sienta segura otra vez? ¿Cómo impedimos que se forme la siguiente generación de criminales?
Entretejidos en estos problemas que ya son complejos están las crisis más personales de los individuos: las situaciones difíciles que van juntas del desempleo y la pobreza, y ambos necesitan desesperadamente soluciones eficaces. Ciudades y naciones enteras se han desintegrado debido a estos factores; la historia está llena de ejemplos. Si vamos a lograr una seguridad económica, también hay que ocuparse adecuadamente de estas emergencias personales.
Y estos problemas ni siquiera tocan los costes tremendos para la sociedad que son producto de la infelicidad, el prejuicio y la enfermedad: emergencias que todos los días afectan a millones de personas.
¿Son estas las consecuencias inevitables de la llamada sociedad moderna, o se puede hacer algo al respecto?